Sobre la apertura del EyM#17

Plaza de la Intendencia | Circo en Escena | 15/03/2026

El primer día del ciclo Escena y Memoria, en su edición #17, contó con una convocatoria alentadora: adultxs e infancias se dejaron asombrar por Circo en Escena. Entre la Plaza de la Intendencia y el Paseo Marqués de Sobremonte, en plena calle Caseros, se montó una carpa roja y amarilla y se delimitó un espacio escénico con lonas circulares, estructuras circenses y parlantes. La maravilla de hacer arte en espacios públicos. Antes de comenzar el espectáculo, se realiza la lectura de un documento que enmarcará, de aquí en adelante, todas las funciones del ciclo Escena y Memoria: una materialidad textual entonada en los micrófonos que nos trae a una necesaria conmemoración del horror.

Un documento que tiene la valentía de expresar/se y posicionar/se en estos tiempos agitados y violentos. A veinte años de la ley provincial de la memoria, a cincuenta años del último golpe cívico-militar en Argentina y ante un gobierno negacionista que pregona el odio y la exclusión hacia lo distinto, este ciclo de Teatro, Poesía y Derechos Humanos se presenta como un refugio para quienes insistimos en no olvidar el pasado y cuestionar el presente.

Comienza la función. En el espacio escénico, tres memorias corretean, se entremezclan con la gente y la miran de cerca; les susurran algún secreto y a muchxs les obsequian un rollito de papel atado con un hilo rojo. Al desplegar los mensajes puede leerse: “Nunca Más no es sólo una consigna. Es una promesa que se construye todos los días. A 50 años del golpe. Circo, memoria y escena. 15 - 03 - 2026”.
Miro alrededor.
A mi lado hay dos niños con un perrito ruludo que juega mientras el espectáculo está en desarrollo. Unos pasos hacia mi izquierda, casi en el proscenio escénico, hay una niña con un tutú colorido y una remera de lunares que baila con la música de ambiente, constituyendo su propia metateatralidad. En su mayoría, lxs espectadorxs son infancias. Vinieron con juguetes, comen gelatina mientras escuchan atentamente a la gaucha presentadora, se cambian de lugar para ver mejor y charlan entre ellxs.
Pienso mucho en esas infancias; las pienso más seguido de lo que expreso. Las miro y me enternezco. Doy fe de que la promesa del Nunca Más es, en gran parte, hacia ellxs.

Comienzan las acrobacias en el palo chino con tres acróbatas impecables. Los aplausos y el asombro comienzan a aflorar mientras suena Probadita de Eternidad, que canta que el pasado nos vuelve a pasar, siempre el pasado nos vuelve a pasar. Y mientras ese fragmento circense termina, el público entero gira para escuchar una discusión que se generó entre transeúntes que pasaban entre lxs espectadorxs.

La presentadora seguía hablando, pero la distracción se instaló por un momento. “Volvamos acá, al circo. Miren mi poncho”, exclamó la gaucha recuperando la atención. Y no fue el único momento en que la “convención teatral” (aquella serie de normas implícitas que la gente suele respetar cuando va a ver un acontecimiento escénico) fue interrumpida; también lo hizo una señora que se recostó en medio del espacio escénico para observar las acrobacias aéreas y un perro callejero que se cruzó de un lado hacia el otro sin interrupción.

Vuelvo a retomar la maravilla de hacer arte en espacios públicos, porque al azar tradicional de las artes escénicas se le suman eventos absolutamente inesperados, sorteados por quienes llevan adelante la presentación.

La jornada comienza a llegar a su fin con las tres memorias que corretearon al inicio de la función: juntas conforman la memoria colectiva y despliegan una cartulina que contiene un “NUNCA MÁS”. Una puesta de sol dominical y un número de suspensión capilar marcan el cierre del evento. En su punto más alto, la acróbata despliega con los pies una pancarta gigante que dice: “encontrarnos en cada abrazo de una abuela a su nietx”.

Mientras la tarde cae sobre la plaza, el circo se desmonta lentamente y la gente comienza a dispersarse. Pero queda flotando en el aire la certeza de que la memoria también puede habitar estos encuentros fugaces, en los cuerpos que se suspenden, en las infancias que miran asombradas y en la promesa compartida de no olvidar

Por: Rocio Carvajal

Criticario Teatral