Día #3 del #17 Escena y Memoria

Los abrazos que nos faltan | Espacio para la memoria La Perla

Esta mañana, antes de que las tareas laborales me lo impidan, comento en el grupo de organización de este ciclo sobre cómo nos organizamos con las compañeras de Criticario Teatral para cubrir la mayor cantidad de obras y eventos posibles. Lo posible es un arte que no siempre responde a sus propias lógicas. Está tejido de colaboraciones que me gustaría visibilizar. Atilio, quien dirige “Los abrazos que nos faltan”, me responde que repiten el 23 en el Archivo, pero, de todos modos, le pregunto si me puede pasar algún registro y si él o alguna persona entre el público nos querrá compartir algunas palabras sobre la experiencia.

Yo no conozco La Perla; temo que el grado de afectación que me produzca pisar ese suelo me deje más rota de lo que ya estoy. Es raro escribir sobre obras que no vi en un lugar que no conozco, pero recuerdo un breve intercambio que tuve con Atilio, porque me produjo muchísima curiosidad saber de qué trata ese formato de teatro cortito. Y pude imaginarme lo contundente de la brevedad. Al mediodía me comparte sus registros. Lo primero que veo, antes de lo escénico, es la parte de atrás de una chomba que dice “Luchar tiene sentido” y, después, varias personas que miran atentamente al frente; allí se encuentran lxs actuantes con la boca, los ojos y los oídos tapados. Otra foto es de un abrazo entre una mujer con los ojos vendados y un joven. Inmediatamente pienso en el nombre que lleva la obra y en cómo esta acción parece reparar esa falta.

Más tarde, Atilio me comparte testimonios de dos actrices, Patri y Euge: “Muy movilizante la escena. Hermoso, fuerte, conmovedor. No me esperaba que el participante se emocionara así... Estar con los ojos cerrados tiene otra cuota de emoción; recién tomé dimensión del público y de las caras emocionadas al quitarme las vendas. Reconfortantes los abrazos y el encuentro de cierre final.” Me pregunto: ¿será la actriz que sale en la foto que vi? “Rescato lo creado por Atilio. El arte, el teatro, toca el alma. En nuestro caso, ‘Duerme Negrito’, el chico del público no se equivocó, pero intervino todo el tiempo emocionado. Los abrazos que nos dio... sin palabras.

El arte comunica.” Atilio comenta que en total actuaron veinte personas, cinco por escena. Y agrega: “Terminó con un homenaje a los 30 mil compañeros y compañeras desaparecidos y a las identidades recuperadas, en un abrazo colectivo de 100 personas”. Más tarde me comparte el testimonio de Patri, una espectadora: “Gracias, Atilio, y al grupo de Escena y Memoria, que hoy llenaron de vida y sentir un lugar de tanta desolación. Estar ahí representando una historia en un minuto eterno es muy grandioso. El pibe leyendo la carta, el relato, los símbolos, los abrazos y, detrás mío, escuchar el llanto conmovido de un compañero, un hombre que no parece de soltar el moco fácil... Todo eso me hizo sentir que una escena es más que eso: es el encuentro de lxs que resistimos, recordamos y nos reunimos para Nunca Más.” No te conozco, Patri, pero coincido plenamente con vos. Gracias por hacer posible esta crónica. Gracias, Atilio, por compartir estos hermosos registros. |Por: Daniela Cabrera / Espectadorxs Militantes, con la colaboración de Hipólito Atilio Valverde.

En Burrito a la Escuela | Pasaje Santa Catalina

A las 10:00 a. m., frente al Archivo, se lleva a cabo la función de “En Burrito a la escuela”, del grupo Urularia. La escuela Mariano Fragueiro está presente, sentada alrededor del escenario, que se encuentra en plena calle. Arriba nuestro se encuentran las fotos de ellos: los desaparecidos, que pareciera que observan la función también. La obra da comienzo con la música. La gente transita la peatonal y no solo se detiene a observar la obra, sino también las imágenes de todas las personas que se encuentran arriba; leen sus nombres y sus fechas.

El teatro hace eso: construye puentes entre la comunidad. El grupo de niñxs está entusiasmado; han captado fácilmente la historia y se emocionan con cada hallazgo del personaje. Las infancias entienden primero el sentimiento, porque quizás no saben en qué año ni qué fue la dictadura, ni los procesos políticos que conllevó. Pero lo que sí saben es que existió un dolor profundo; con eso, las infancias empatizan aún antes que el mundo adulto.

Veo, en un momento de la obra, a lxs niñxs sacar sus celulares para capturar momentos de la obra; mientras apuntan con sus cámaras al escenario, escucho los gritos: “awwwww”, “¡NO!”, “Ay, qué tierno” y miles de frases más que cantan al unísono, haciéndose parte del show. Las seños piden silencio, mientras que lxs niñxs quieren hacerse parte del show. El teatro necesita de esas miradas participativas para existir. El teatro allí se encuentra más vivo que nunca. Un policía se hace el distraído y se queda a espectar la obra; el teatro callejero tiene eso: el acceso democrático a la cultura. Les niñes se conmueven con el dolor ajeno, se emocionan por la alegría ajena. Se identifican y empatizan con un otro. Finaliza la función al pedido de los más pequeños: “queremos que lo pongan en Netflix”. Sonrío para mis adentros; el teatro es efímero, pero cómo me gustaría que esa función quedara para siempre en ellxs.

Por: Brisa Ludmila Martínez / Criticario Teatro

30.000 amores | Archivo Provincial de la Memoria

30.000 amores es una obra de títeres de mesa y retablo que relata una parte de la historia que comprende la dictadura militar. La obra no tiene palabra hablada, solo música y acciones. Todo sucede en diferentes momentos: el relato narra la vida de una pareja, el amor, formar una familia y luchar por una causa en una manifestación. Luego aparece la censura y el asesinato por parte de los militares; los personajes son desaparecidos, aparece la apropiación de bebés y la marcha de las Madres de Plaza de Mayo como una lucha que lleva a recuperar a hijes de desaparecidos. El amor vuelve a triunfar y la lucha continúa. Una enorme forma de interpretar la historia desde las acciones, la escenografía y la música.

Por: Martín Pérez y Luis Lucho Ceballos / Espectadorxs Militantes

Mistoria | Universidad Provincial de Córdoba

Hoy el clima cambió abruptamente: pasó de hacer un calor y humedad insoportables a que el viento se haga sentir entre fresco y frío. Llego a la Ciudad de las Artes y falta poco para que comience la función. Qué bueno haber traído como abrigo esa prenda significativa que se indicó en la difusión de la obra siguiente. Comienza la función y lo primero que veo en escena es a las infancias y sus peluches. Observo ese apego a los objetos blanditos, suavecitos y con forma de animalitos de la gente pequeña. Una sábana extensa cobija a las niñeces, les hace “casita”, es refugio en las noches de lectura y narración de Mistoria.

Tengo una cancioncita para ir cantando. Mi historia y mi memoria voy… ¿olvidando? La historia personal como una vasija de cerámica para cuidar y atesorar un tiempo que se cuenta en años, meses, días, horas, minutos y segundos, pero que tiene al juego como real unidad de medida del tiempo. Jugar a las escondidas con el mejor: papá, que es tan bueno jugando que tuvieron que buscarlo en otras ciudades, provincias, países, continentes, planetas y cielos

¿A dónde se encuentran estas infancias?

Un violento celador se impone a fuerza de gritos y órdenes. Las infancias obedecen sin remedio, con la tristeza y la nostalgia de haber tenido una familia amorosa, pero con la duda de saber si habrá alguien que los busque. Se preguntan dónde están, y yo también. El violento celador viste un verde horror, muy fácil de identificar. Los relatos de estos jóvenes, que representan a las infancias en la convención teatral, estremecen y conmueven a lxs presentes porque vemos en sus juegos su dolor. Recuerdo relatos de amigxs que vivieron esos dolores. Y veo cómo, en algún punto, las historias se comparten: no son suyas, son nuestras. Mistoria como juego que trasciende el determinante posesivo, la historia de todxs lxs que habitamos suelo argentino. |Por: Daniela Cabrera / Espectadorxs Militantes.

Territorio Herido | Universidad Provincial de Córdoba

Una niña interior nos lee una carta con un micrófono. Luego, de una montaña de ropa emerge su adulta y ruedan, se enredan, juegan al veo veo, honran a las generaciones que vistieron esas telas y se recuestan a contar las estrellas del cielo. Las abuelas y las comidas, las bebidas espirituosas y las cumbias. Yo también puedo visitar a mi abuela en mi cabeza gracias a ellas. La infancia en la escena, “donde late mi corazón, en el teatro”.

Me llama la atención ver a una niña actuando. Pareciera ser la hija de la actriz adulta. Ellas nos comparten su juego, lo expresan, lo exponen. Yo temo por el registro de imagen, trato de que no salga el rostro de la niña y me pregunto si, en este caso, ella querrá salir en las redes sociales de la cobertura. En esta obra escénica hay partes, están marcadas por los lazos que se unen, como si se tratara de unas suaves cintas de raso que hacen moños y nos enredan. Primero entre ellas, hija y madre; después, con quienes estamos presentes en este atardecer ventoso. Nos invitan a pasar a escena, nos hacen preguntas, nos invitan a contar nuestra historia. ¿A qué huele tu infancia cuando el mar se calla? Nos invitan a acercarnos, desde las manos, las muñecas, los brazos, los hombros, hasta abrazarnos. ¿Qué parte de mi cuerpo se vuelve horizonte cuando nadie lo ve? “El corazón”, responde mi compañera. No la conozco, pero nos conectamos con ese moño de raso suavecito que invita a anudar la obra.

Creo que Territorio Herido es casi un acto psicomágico sobre soltar cosas o transformarlas. La invitación decía que había que traer una prenda de vestir significativa, pero, como muchxs de lxs presentes no pudieron hacerlo, nos convidan del desparpajo desparramado de prendas que es la planta baja externa de “la Spili”. Lxs presentes eligen sus prendas y vuelven a sus asientos; después, se los invita a colgarlas en la soga que delimita el espacio escénico del mundo habitual y cotidiano de la UPC. Le preguntan a Ana, la compañera que leyó el documento de apertura, sobre el buzo que trajo, y ella responde que lo eligió porque lo compró con su primer sueldo. La actriz le responde: “empoderada y abrigada”. La memoria es una máquina de plasmar, nadie puede detenerla, es como una marea… |Por: Daniela Cabrera / Espectadorxs Militantes.

El Ruido de los Árboles | Archivo Provincial de la Memoria.

El Ruido de los Árboles es una obra que habla de la historia de una pareja que hace teatro y, a la vez, el dramaturgo de la obra, como personaje, relata cómo fue hacer la obra que los actores actúan. La deconstrucción del teatro como labor y como forma artística de comunicación social, la vida, el ser creativo y el sobrevivir a la magia del teatro. Pensarse y repensarse como teatrero, ser un autor, un personaje, un potencial hacedor teatral. El humor y la velocidad en el decir están presentes; las luces y la escenografía funcionan como potenciadores de momentos particulares y cómicos. Todo es un todo teatral que vibra en la acción constante y ritmos de personajes que hacen una comedia funcional al teatro. |Por: Martín Pérez y Luis Lucho Ceballos / Espectadorxs Militantes