Recordis: volver a pasar por el corazón.

Presentación de producciones desarrolladas en el marco de las Prácticas Artísticas Integradas de educación, arte y memoria. Una experiencia de trabajo conjunto entre la UPC y el APM.

Hay experiencias que no terminan el día en que se presentan. Permanecen. Se vuelven preguntas, conversaciones, modos distintos de mirar el pasado y de habitar el presente. Eso ocurrió con Prácticas Artísticas Integradas: Recordis.

La propuesta articuló educación, arte y memoria, generando espacios de intercambio y reflexión sobre nuestro pasado reciente. El proceso creativo se desarrolló en el propio Archivo, en diálogo con materiales, relatos y experiencias que forman parte de este espacio. A través de prácticas artísticas, estudiantes produjeron trabajos que expresan formas sensibles, críticas y creativas de abordar la memoria, poniendo en valor la construcción colectiva y el vínculo entre instituciones comprometidas con la educación, la memoria y los Derechos Humanos.

Esta experiencia reafirma, además, el valor de la articulación entre instituciones comprometidas con la educación, el arte y la memoria. Los vínculos entre la Universidad y el Archivo hacen posible que estos procesos trasciendan una asignatura o un proyecto puntual para convertirse en una red de trabajo que fortalece la formación de nuevas generaciones y amplía los modos de construir memoria colectiva.

Cuando el arte se encuentra con la memoria

El recorrido comenzó mucho antes de esa jornada. Durante semanas, el Archivo dejó de ser únicamente un lugar de consulta para convertirse en un espacio de encuentro, escucha y creación. Los documentos, las fotografías, los relatos y las huellas que resguarda este sitio dialogaron con las preguntas de quienes se acercaron a pensar el pasado reciente desde los lenguajes del arte.


En tiempos en que el pasado vuelve a ser objeto de disputas, sostener estos espacios de creación compartida es también una forma de defender la democracia. Porque la memoria necesita de la investigación y del archivo, pero también del arte, de la sensibilidad y de la imaginación para seguir encontrando nuevas maneras de ser transmitida. Esa tarea no concluye en una muestra ni en un proyecto: continúa cada vez que alguien cruza las puertas del Archivo dispuesto a interrogar el pasado para comprender mejor el presente.

Las producciones presentadas dieron cuenta de ese proceso. Desde distintas búsquedas estéticas, las y los estudiantes elaboraron obras que no pretendieron ofrecer respuestas cerradas, sino abrir nuevas formas de acercarse a las memorias sobre el terrorismo de Estado y a los desafíos que los derechos humanos plantean en el presente.

El APM es, ante todo, un lugar para hacerse preguntas. Un espacio donde los documentos dialogan con las inquietudes del presente, donde las historias conservadas encuentran nuevas lecturas y donde las prácticas artísticas, la investigación y la formación pueden abrir otros modos de comprender nuestro tiempo. Por eso, invitamos a estudiantes, docentes, equipos de cátedra e instituciones educativas a acercarse, a recorrer sus fondos documentales y a imaginar aquí nuevos proyectos. Porque la memoria no se preserva únicamente en los archivos: se mantiene viva cada vez que alguien decide volver sobre ella para pensar el mundo que habita y el que desea construir.

La pedagogía de la memoria encuentra allí uno de sus desafíos más profundos: no transmitir únicamente información sobre lo ocurrido, sino crear las condiciones para que cada generación pueda preguntarse cómo fue posible ese pasado y qué vínculos mantiene con el presente que habita. Porque la memoria no es un ejercicio de repetición ni un legado que se recibe intacto; es una práctica que interpela. Como decía Héctor Schmucler, no somos responsables de un pasado que no vivimos, pero sí del presente que construimos. Y esa responsabilidad comienza cuando dejamos de aceptar el mundo como una herencia incuestionable y nos animamos a preguntar, con rigor y sensibilidad, cómo hemos llegado a ser lo que somos. Allí, el arte abre un camino singular: hace posible que los documentos, los testimonios y las huellas del Archivo dejen de ser únicamente vestigios para convertirse en experiencia compartida, en preguntas vivas, en una memoria que vuelve a pasar por el corazón para encontrar nuevos sentidos y sostener, desde el presente, el compromiso con la democracia y los derechos humanos