Arturo Ruffa y Emma Ragazonni

Arturo, integrante del primer grupo de familiares de desaparecidos en Córdoba, buscó junto a Emma a su hijo Ricardo Ruffa Ragazzoni, secuestrado el 2 de abril de 1976 en su casa de barrio Cupani.

"Don Ruffa era un tipo muy alegre, siempre de muy buen humor"

Oscar Motta

Un hombre común, un hombre valiente.

Arturo, nuestro padre, había nacido en Tucumán en 1925, pero fue adoptado en la ciudad en la que se crió: Santiago del Estero, tierra bohemia de chacarera y pasiones deportivas. Sabido es el agobiante verano norteño, lo que no impidió que el enviado de la recordada revista “El gráfico” para cubrir el Campeonato Argentino de Básquet en marzo de 1968, dado el fervor que éste deporte ha despertado siempre entre los santiagueños admitiera “En Santiago hace más básquet que calor…”

No es extraño que Arturo desde muy chico abrazara la pasión del básquet, que le permitió una exitosa carrera cuyo punto culminante fue integrar la selección argentina en los juegos olímpicos de Londres en 1968.

Las crónicas de la época describen el perfil de jugador que fue Arturo: ágil, potente, de fuerte carácter, veloz, explosivo, dinámico…cuando muchos años después le tocó en Córdoba jugar el partido más importante con el que lo desafió la vida, la búsqueda de su hijo Ricardo (nuestro hermano Sapo), secuestrado y asesinado por la dictadura militar que asoló la patria a partir de 1976, había perdido ya casi todas de esas condiciones características de su juventud (pero lo más importante), a causa del cigarrillo, de las secuelas de un grave accidente automovilístico y del natural desgaste por la edad.

Entonces Arturo ya no era ni ágil ni potente, ni veloz ni explosivo. Pero si bien su dinámica estaba limitada por su renguera y una progresiva y letal afección pulmonar, su temple y carácter permanecían intactos. Nada le impediría denunciar las atrocidades de la dictadura. “Era un luchador incansable e inclaudicable a pesar de su impedimento físico. Ni el riesgo lo detuvo”. Alguna vez comentó Sonia Torres, abuela de todos.

Como tantos padres de entonces, un hombre común sin títulos académicos o formación política, en la búsqueda de sus hijos se identificó con los ideales de solidaridad y justicia social. Hartos de las denuncias de los familiares los milicos los secuestraron un mes en el Campo de la Ribera. Pero no abandonó la lucha mientras estuvo la vida hasta octubre del 2004, contribuyendo en la causa de los derechos humanos que fue determinante en la recuperación de la democracia.

Sería injusto no mencionar en el recuerdo y homenaje a Arturo a su compañera Emma, nuestra madre que los respaldó siempre y a la que extrañamos desde agosto de 2006. Negra y Arturo (y también sus nietos Carlitos y Diego, su yerno Carlos y todos los que lo quisieron y siguen queriendo).

Texto y Foto: Su hija Catalina Ruffa