Marta Zeballos "Mamina" y Manuel Cappelli "Manolo"

Ambos formaron parte de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas en Córdoba, Marta colaboraba analizando la documentación de las denuncias; no existía la CONADEP. Su hija Mónica fue secuestrada el 16 de mayo de 1977.

“Cuando recuerdo a mis padres los tengo presente como si fuera ayer. Fueron padres maravillosos y amorosos"

"A mi mamá la recuerdo organizar en fichas (que muchas veces llenaba yo) todos los datos de los desaparecidos y archivarlos"

"Mi papa era un cocinero fantástico, lo veo amasando los tallarines caseros y colgarlos en el patio interno, tambien asados, paellas. Muy habil con sus manos, el podia construir lo que fuera cuando se lo proponía. Amaba la música clásica, la lectura, el teatro, el cine. Disfrutaba ver a sus hjos jugar al rugby.

Cuando éramos pequeños Mónica y yo estudiábamos declamación y a él le encantaba escuchar a Mónica recitar lo aprendido. Para mi papá ella era la luz de sus ojos.

El día en que mi hermana desapareció el mundo de mi padre se desmoronó, y nunca volvió a ser el mismo aunque hizo un gran esfuerzo por volcar ese amor a sus nietos.

Mi madre, Mamina, nos enseño a ser libres he independientes, nuestras vacaciones eran en carpas, allí estaba ella con sus 4 niños pequeños y posteriormente 5 (mi papa era mas hombre de ciudad así que no lo recuerdo mucho en nuestros campings).

En los campamentos Mamina nos hacia cocinar y lavar nuestra ropita interior. Los hermanos mayores debían cuidar de los hermanos menores y en las noches mi hermana Mónica nos leía los Cuentos que Celia cuenta a los niños antes de dormirnos.

Tuve una madre maravillosa, amaba la vida y la naturaleza, amante de la justicia y la libertad. Ella nos enseño a no caer en momentos difíciles, a ser fuertes y superar adversidades.

Siempre esta presente, en mis pensamientos, en mi corazón y en la naturaleza que me rodea.

La extraño enormemente porque fue mi mejor amiga, nunca dudó en subir a un avión para estar a mi lado cuando yo la necesite, siempre me apoyó y acompañó. Fuimos muy unidas, aun en la distancia su nobleza fue de hierro.

Nos despedimos fundiéndonos en un fuerte abrazo, nos dijimos mutuamente lo bello que fue tenernos como madre he hija y lo hermoso que será volver a reencontrarnos, porque estamos seguras que si hay otra vida sabremos reconocernos.

Desde pequeños Mamina nos enseñó a que el dinero se ganaba así es que nos daba tareas, forrar cajones de manzanas, cardar almohadas, sacar yuyos, etc.

Recuerdo una vez cuando mi hija tenía 9 añitos y le pidió trabajo a Mamina. Su tarea fue sacar los caracolitos que tenía en el jardín y le estaban dañando las plantas, como viajábamos a EEUU, le dijo que le pagaría 10 centavos de dólar por caracol, mi hija sumaba mientras recolectaba los caracoles, al terminar su jornada laboral trajo una bolsita con 100 caracolitos. Fué muy gracioso, ahora tenía una deuda con su nieta de 100 dólares. En ese momento era mucho dinero, le dije a Mamina que no le diera ese dinero y ella respondió…. Hija, tratos son tratos, ahora debo pagarle lo que yo le dije. Después de esto ya no volvió a darle ese trabajo”.

Texto de Cecilia Cappelli

La recuerdo organizar en fichas (que muchas veces llenaba yo) todos los datos de los desaparecidos y archivarlos.

Un coraje que creo solo quien ama puede realizar, exponiéndose, marchando en primera fila, juntando comida no perecedera, ropa que fuera útil y cualquier cosa que pudiera ayudar a Mónica (o a quien Mónica considerara oportuno) en su humilde condición.

Un día recuerdo que, volviendo a casa de un fin de semana que se había ido, volvió con una oreja vendada y me dijo que se había hecho una operación… Después de mucho tiempo supe que en realidad había ido a encontrarse con Mónica, como hacía cuando podía; que estaban en un barrio humilde, rural, y habían advertido que llegaba la policía… una redada. Escaparon todos y, al hacerlo, atravesando alambres de púa, se había lastimado. No solo una madre: una compañera.

El amor por las palabras, en el sentido más profundo, buscando el significado, muy seguido amparándose en la etimología.

Su dedicación, pasión y amor por la enseñanza: con nosotros, en la escuela primaria, en la universidad.

Su amor por la tierra, por el contacto con la tierra, trabajarla con las manos; por las plantas y las flores y, en general, por toda forma de vida.

Su amor por la libertad, que transmitió a cada uno que la conoció, pero sobre todo a nosotros, sus hijos, dejándonos a su vez libres de interpretarla y realizarla como consideráramos oportuno. Verdadera coherencia.

Recuerdo su fuerte sentido de solidaridad, ayudando a quien podía o tenía necesidad.

Su mirada profunda, que en general valía más que mil abrazos.

Le gustaba la música, sobre todo la “divertida”, como decía ella, tipo salsa y merengue.

No le gustaban mucho las tareas ordinarias de la casa, como cocinar, por ejemplo, pero tenía sus especialidades y preferencias, como “las salsas”, sobre todo cuando papá hacía la pasta casera.

De mi pá recuerdo su sufrimiento, sabiendo que Mónica, su hija en algún modo preferida, había decidido la militancia.

Su tristeza en los ojos desde el día en que Mónica se fue de nuestra casa, con el conflicto de quien ama por un lado y no acepta ni comparte por el otro.

También recuerdo la música clásica, sentado horas en el living de casa con un whisky con hielo. El amor por la lectura y los libros, construyendo bibliotecas para conservarlos. Su pasión por el cine y, diría, por el arte en general. Su habilidad en las tareas manuales, reparando y construyendo cosas en la casa. La fotografía, con su máquina Canon o con la Minolta: desde la toma hasta el revelado, meternos en el baño oscuro y hacernos descubrir “la magia” cuando la imagen aparecía de la nada en el papel sumergido en la palangana. Cocinar para todos, sobre todo tallarines, que colgaba en la cocina o en el patio interno el día antes para que se secaran.

En general, la buena comida y el buen vino —botella tres cuartos—.

Su afectuosidad a través de un abrazo o de un beso. Su cultura no académica, sino de horas y horas de lectura casi diaria.

Texto: Pablo Cappelli

“A papá le gustaba el jazz y la música clásica, pero también le gustaba el Folclore. A La Misa Criolla la debe haber oído unas mil veces.

Le gustaba encerrarse en el living y escuchar música a todo volumen.

Los Fronterizos, Los Chalchaleros, Mozart. Todos le gustaba, incluso terminó con el tiempo aceptando a La Mona Giménez.

Con la lectura era igual. En su mesa de luz podías encontrarte con un libro de Gabriel García Márquez junto a una revista de Hortensia la Papá y una obra de teatro. También el teatro le gustaba mucho. Me llevo a ver El Barbero de Sevilla y un par de operas más.

Cuando se trataba de música, una sinfónica, una filarmónica cualquiera le venía bien.

Según él, el mejor lugar del teatro para escuchar música era el popularmente conocido como " El Gallinero".

Le gustaba tomar buenos vinos y de vez en cuando una copita de cognac que se servía en una copa específicamente para esa bebida a la que sostenía entre sus manos para darle una temperatura más agradable para el paladar.

También le gustaba mucho el cine. Se volvió un aficionado después de jubilarse. Era, cómo se decía en esa época "un Banana".

Texto de Gabriel Cappelli.