Vicente Fernández Quintana y Beatriz Virginia Yañez
Iniciaron su peregrinaje cuando sus hijos fueron presos políticos. Los militares les quemaron la casa de campo y luego la casa de la ciudad de Rio tercero y la escribanía. Vicente fue secuestrado el 15 de mayo de 1976. Continua desaparecido
"Mi abuela fue sostén, la principal cuidadora de todo" Clarisa Fernández.
“Mi padre era un apasionado, en todo lo que se involucraba siempre era con mucha pasión y vehemencia" Enrique Fernández
“Mi padre era un apasionado, en todo lo que se involucraba siempre era con mucha pasión y vehemencia. Por la política fue un dirigente radical que nunca aceptó ninguna candidatura, en su profesión como docente daba Educación democrática. Cuando nos peleabamos con mi hermano nos sentaba y nos hacía leer “El contrato social de Montesquieu”, era el peor castigo para nosotros (ahora lo extrañamos) lo mismo con el fútbol, fue de la liga riotercerense de fútbol, de la comisión para hacer el monumento a san martín, mi madre le hacía asado todos los días.
Mi madre, una mujer que lo acompañaba, callada pero muy decidida era la que llevaba las riendas de la familia. Muy solidaria, una bellísima mujer.”
“Beatriz era muy habilidosa manualmente, siempre arreglaba los cueritos de la canilla, hacia el fuego para el asado. Cuando estábamos presos por supuesto estaba en la comisión de familiares, preparaba las bolsas para mí y siempre duplicaba para algún familiar que no podía llevar. Me recuerdo que en un fin de año acá en Córdoba agujereaba o desoldaba la lata de los duraznos al natural, le sacaba el jugo y le ponía sidra o vino blanco para que brindáramos y luego los soldaba de nuevo con estaño, aún tengo su soldador eléctrico. Con su coraje y decisión cuando quemaron la casa, dijo voy a recuperar lo que pueda y se puso a limpiar cosa por cosa y ver si lo podía recuperar, estuvo escondida casi un año en la casa de una vecina, aguanto la desaparición de su compañero. Y cuando murió su hijo, mi hermano Ernesto, a los 6 meses se murió no aguanto tanto dolor.
Le encantaba comer helado, ella servía y se quedaba con el pote, la cargabamos y se enojaba para no soltar el helado.”
Texto: Enrique Fernández, hijo de Vicente y Beatriz.
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"Mi abuela fue sostén, la principal cuidadora de todo. En mi memoria tiene olor a sopa picada, a jugo de limón hervido, a madera recién pintada, a muebles quemados que ella misma recuperaba y volvía a dar vida. Tenía cajones llenos de sorpresas, roperos con un perfume dulce a ternura. Guardaba tesoros, “cositas que podían llegar a servir”, porque la reconstrucción fue la etapa en la que yo la conocí.
Ella quedó grabada en mí como uno de los registros de cuidado más importantes que una persona puede tener. Se ocupaba de la casa y de la escribanía, siempre al frente, descendiente de una familia de mujeres fuertes.
Durante la dictadura militar cumplió un rol inmenso de sostén y de cuidados. Fue testigo y víctima, atravesó la desesperación y el miedo. Después de un año escondida en la casa de una vecina, sin saber nada de su esposo ni de sus hijos ya presos, aprendió lo que era resistir. Con otras madres se organizaba para viajar a los penales a donde los iban trasladando. Caían con milanesas, viandas y toda la comida posible.
Fue la única integrante de la familia que quedó en libertad para gritar, cuando apareciera aunque fuera una fisura en el silencio impuesto. La controlaban, la vigilaban, y ella debía ser estratégica, esperar en silencio con un torbellino interno. Guardaba todo: carteras tejidas con bolsas de nylon, bordados, canutillos, brillos, pedacitos de tela, hierros, tornillos. No lo hacía como quien guarda por capricho, sino como alguien en situación extrema: como en una resistencia, como en medio de una tormenta, como un náufrago o alguien perdido que sabe que cualquier objeto puede ser vital para sobrevivir y reconstruir.
En una habitación de la casa volvió a armar el escritorio con las bibliotecas rescatadas del incendio. Los muebles mostraban partes negras, y aún recuerdo el olor de los libros chamuscados pero recuperados. Ese escritorio era un símbolo: allí siempre esperábamos al abuelo. Porque todavía quedaba la esperanza de que el desaparecido pudiera regresar.
Mi abuela siempre se pintaba los labios de un rosita claro. Tejía al crochet, amaba las plantas, reciclaba y transformaba todo lo que pasaba por sus manos. Participó activamente con Familiares junto a Vicente en la búsqueda por sus hijos, y luego continuó sola. Era una mujer de firmes códigos éticos y mirada crítica.
La suya fue una lucha diaria: cada amanecer era pensar cómo estarían sus hijos, cómo estaría su esposo. Mi abuela sabía de reconstrucción, de resiliencia y de amor en tiempos de horror"
Texto: Clarisa Fernández Alfaro, nieta de Vicente y Beatriz.